Teníamos una habitación para alquilar y una mujer quiso visitarla el sábado por la mañana temprano. Unos minutos antes de la hora me llamó por teléfono porque no encontraba la calle y, como tampoco entendía mis indicaciones, tuve que bajar a la plaza de al lado a buscarla.
Una vez en casa, mi compañero y yo éramos dos zombis con ganas de agradar, pero no resultaba sencillo. La mujer venía acompañada de su hija y cada una se encontraba a diez años de distancia de una buena candidata a compañera de piso. Llena de excitación nos contó que vivían en un pueblo cercano con otro hijo más pequeño. Ella trabajaba en la ciudad y estaba cansada de autobuses, la hija iba a comenzar en la universidad y se encontraría con el mismo problema, necesitando además el tiempo para estudiar.
Era obvio que la habitación no daba para una familia, pero es que ella no quería dejar el adosado donde vivían. Nos contó que a su hijo le molestaban en el colegio, al parecer tenía problemas de crecimiento y los otros niños eran crueles. Por su parte, ella había tenido bronca con los vecinos porque le embarcaban la pelota en el patio con frecuencia y en una ocasión la devolvió pinchada. Aun así, no se quería marchar porque la casa era bonita y tenía muchas flores. Decía que le habíamos caído muy bien y que le encantaría venir con nosotros, pero no podía dejar a los niños solos toda la semana. A la hija también le vendría bien, pero no quería ponerla sola con dos hombres.
Yo no entendía nada y desde mi cansancio y ya dolor de cabeza lanzaba miradas de auxilio a mi compañero, que respondía con muecas de incredulidad. Ante nuestras preguntas acabó confesando que en realidad no le interesaba la habitación, pero que le había resultado muy simpático el anuncio y le había apetecido venir a conocernos y pasar el día en el centro. Mientras nos explicaba cuánto le gustaba salir a tomar cervezas y lo contenta que estaba de poder hacerlo ahora con su hija yo me iba hundiendo en el sofá deseando que fuese la cama.
Hastiado y bastante molesto saqué el paquete de tabaco. A la mujer le sorprendió y nos dijo que ellas no fumaban y que además le parecía muy mal hábito. Yo le ofrecí a mi compañero, que cogió uno con muchas ganas y le dije que el nuestro era un piso de fumadores. Entonces se alegró mucho de no poder coger la habitación, porque le desagradaba muchísimo el tabaco. Nos encendimos los cigarrillos y, casi con la misma naturalidad que ella nos había explicado que nos estaba haciendo perder el tiempo, le tiré el humo a la cara y le dije que se fuese de mi casa.
Posted in: situaciones
Posted on 2014/03/17
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