Aquel domingo el patio estaba especialmente ruidoso. Me había despertado y vuelto a dormir varias veces pero ya no podía más. Hastiado, me levanté.
Era la una de la tarde y el sol brillaba fuerte tras las cortinas. Aún desnudo, me acerqué a la ventana para ver qué pasaba. Abajo en el patio había muchos niños corriendo, saltando y gritando como si los fuesen a matar y a mí no me faltaban ganas de hacerlo.
Mientras me estiraba pensando cómo, me fijé en un pequeño que salió corriendo hacia su madre. Ella se lo llevó junto a un seto y lo puso a orinar. El cuidado de ella y la torpeza de él me hicieron sonreír, y quedé mirándolos. El sol calentaba mi pecho descubierto y la escena lo inundó de candor.
Repentinamente, la madre se giró y levantó la vista, descubriéndome en la ventana. Yo le ofrecí mi sonrisa, pero ella respondió con una mueca de espanto. Cubrió al niño y comenzó a gritar señalando al extraño semidesnudo que los observaba tan tiernamente. Entonces corrí las cortinas, eché la persiana y me volví a la cama.
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Posted on 2015/12/05
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