Haciendo Erasmus conocí a un chico que caminaba con los pies muy abiertos y cuando hablaba sobre algo siempre hacía referencia al precio, era su criterio favorito. Si iba a un restaurante, te decía cuánto costaba cada plato y bebida. Si iba de viaje, repasaba los precios de transportes, hoteles, museos, etc. Le encantó Praga porque resultaba súper barata, se le iluminaban los ojos al decir cuánto había pagado por las cervezas en la plaza del reloj. Mi novia estaba enamorada de Praga y le odió por decir aquello.
Al final del curso los padres fueron a recogerlo en coche cruzando Europa. El chico añadió a su equipaje dos cajas llenas de botellas de vidrio retornable, porque se había dado cuenta de que en su país daban más dinero al devolverlas. Aunque pensando en el esfuerzo que exigía ni siquiera nos parecía buen negocio, deseamos con todas nuestras fuerzas que no se las admitiesen. A ver si así se corregía.
Posted in: situaciones
Posted on 2014/05/12
0